
Patxi Acevedo, el pintor zamorano que buscó la luz interior de las cosas
Venancio Acevedo Lejarza, conocido artísticamente como Patxi Acevedo, nació en Zamora en 1935. Su relación con la pintura empezó muy pronto: con apenas siete u ocho años ya pintaba y dibujaba. No fue, sin embargo, un artista de camino recto y fácil. Antes de dedicarse plenamente a la pintura, vivió un largo recorrido vital por Suiza, Holanda, Italia y Portugal, con distintos trabajos y experiencias que fueron formando su mirada.
En los años sesenta se instaló en París junto a su mujer, María Rosa Huerga, y su hija. Aquella etapa fue decisiva. Llegó a la ciudad con la idea de formarse en la tradición hostelera familiar, pero París le dio otra cosa: ambiente cultural, estímulo intelectual y una relación más profunda con la pintura. Allí retomó con fuerza su formación autodidacta y entró en contacto con una sensibilidad artística que marcaría su primera etapa.
En 1971 regresó a Zamora. Allí abrió un negocio de hostelería, pero la pintura ya no era una afición cualquiera. Continuó ampliando su formación técnica en el taller de Alberto de la Torre Cavero y a partir de 1979, decidió dedicarse exclusivamente a pintar, compaginándolo en algunos momentos con la docencia. También formó parte del ambiente cultural zamorano, con vínculos de amistad con figuras como Claudio Rodríguez, Agustín García Calvo o Waldo Santos.
La pintura de Patxi Acevedo fue profundamente figurativa, pero no se quedó en la simple representación de la realidad. En su etapa madura desarrolló un lenguaje con connotaciones existencialistas, oníricas y literario-poéticas. Dicho de forma sencilla: pintaba figuras, rostros, escenas y paisajes, sí, pero detrás había algo más. Una búsqueda. Una inquietud. Una especie de pregunta silenciosa sobre lo que hay debajo de lo cotidiano.
Su obra no parece hecha para agradar rápido. No es pintura de escaparate. Es pintura con fondo. Con sombra. Con humanidad. En ella aparecen personajes, ambientes y escenas que parecen mirar desde dentro. Patxi no buscaba solo la apariencia exterior, sino esa zona más difícil de pintar: la luz que cada persona lleva dentro, incluso cuando la vida la ha golpeado.
Dos obras ayudan a entender muy bien su evolución: Paisaje de Benavente. El Palenque, de 1964, y Retrato del Anguila, de 1972. Ambas fueron donadas al Museo de Zamora por su familia en 2011, a través de su viuda, María Rosa Huerga. La primera pertenece a su etapa formativa y muestra una influencia impresionista, con pinceladas pequeñas y una gama azulverdosa ligada a su contacto con la pintura francesa. La segunda, más intensa y expresiva, refleja ya una evolución hacia registros postimpresionistas y expresionistas.
Retrato del Anguila tiene especial interés porque representa a uno de esos personajes vinculados al entorno del río Duero. En esa obra empieza a verse una relación más profunda y conflictiva con la pintura: no se trata solo de retratar a alguien, sino de entrar en su existencia. De mostrar una vida. De intentar sacar a la superficie aquello que normalmente no se ve.
Entre los años setenta y noventa, su pintura realizada en Zamora mantuvo una fidelidad figurativa constante, pero fue incorporando elementos simbólicos, narrativos, metafísicos y oníricos. Con el tiempo, su obra adquirió un sentido cada vez más existencial y trascendente de la realidad.
Patxi Acevedo falleció en Zamora en 2007. Su figura queda ligada a una forma de entender la pintura desde la intensidad, la bohemia y la búsqueda interior. Fue un pintor zamorano en el sentido más profundo: no solo porque nació en Zamora, sino porque volvió a ella, vivió su ambiente cultural y dejó allí una obra que forma parte de la memoria artística de la ciudad.
Hay artistas que pintan lo que tienen delante.
Y luego hay otros que intentan pintar lo que se esconde detrás.
Patxi Acevedo pertenece a estos últimos. Su obra no habla solo de paisajes, retratos o personajes. Habla de la existencia, de la fragilidad, de la luz rara que a veces aparece en las personas cuando alguien sabe mirarlas de verdad.